Educar con el corazón de Don Bosco significa, para
el educador, primero cultivar y después hacer brotar del interior del propio
corazón “razón, religión, cariño”, haciendo del cariño la punta de lanza, la
actuación práctica de cuanto religión y razón proponen. Se trata de vivir el
Sistema Preventivo, que es una caridad que sabe hacerse amar (cf. Const. SDB
29), con una renovada presencia entre los jóvenes, hecha de cercanía afectiva y
efectiva, de participación, acompañamiento y animación, de testimonio y
propuesta vocacional, con el estilo de la asistencia salesiana. Hace falta una
renovada opción, sobre todo en favor de los jóvenes más pobres y en peligro,
descubriendo bien sus situaciones de malestar visible o secreto, apostando por
los recursos positivos de cada joven, aun del más destrozado por la vida,
comprometiéndose totalmente en su educación.
“El amor de Don Bosco por estos jóvenes estaba
hecho de gestos concretos y oportunos. Él se interesaba de toda su vida,
reconociendo sus necesidades más urgentes e intuyendo las más secretas. Afirmar
que su corazón estaba entregado enteramente a los jóvenes, significa que toda
su persona, inteligencia, corazón, voluntad, fuerza física, todo su ser estaba
orientado a hacerles el bien, a promover el crecimiento integral, a desear su
salvación eterna. Ser hombre de corazón, para Don Bosco, significaba, pues,
estar consagrado por entero al bien de sus jóvenes y entregarles todas sus
propias energías, ¡hasta el último respiro!”
Para comprender la famosa expresión de Don Bosco
“la educación es cosa del corazón y sólo Dios es el dueño del mismo” (MB XVI,
447; MBe XVI, 373)y, por tanto, para entender el Sistema Preventivo, me parece
importante oír a uno de los más reconocidos expertos del Santo educador: “La
pedagogía de Don Bosco se identifica con toda su acción; y toda su acción con
su personalidad; y Don Bosco entero se resume en su corazón”. He aquí su
grandeza y el secreto de su éxito como educador: Don Bosco supo armonizar
autoridad y dulzura, amor de Dios y amor de los jóvenes.
1.1. Vocación y camino de santificación
No cabe duda que lo que explica la capacidad de la
educación salesiana de atravesar los tiempos, de in culturarse en los contextos
más diversos y de responder a las necesidades y a las esperanzas siempre nuevas
de los jóvenes es la santidad original de Don Bosco.
Una feliz combinación de dones personales y
circunstancias llevaron a Don Bosco a ser “Padre, Maestro y Amigo de la
juventud”, como en 1988 lo proclamó Juan Pablo II: su talento innato para
atraer a los jóvenes y ganarse la confianza de ellos, el ministerio sacerdotal
que le dio un conocimiento profundo del corazón humano y una experiencia de la
eficacia de la gracia en el desarrollo del muchacho, un genio práctico capaz de
realizar las intuiciones en formas sencillas, la larga permanencia entre los
jóvenes que le consintió conducir las inspiraciones iniciales hasta su pleno
desarrollo
En la raíz de todo hay una vocación. Para Don Bosco
el servicio a los jóvenes fue la respuesta generosa a la llamada del Señor. La
fusión entre santidad y educación, por lo que se refiere a compromiso, ascesis,
expresión del amor, constituye el rasgo original de su figura. Él es un santo
educador y un educador santo.
De esta fusión nació un “sistema”, es decir, un
conjunto de intuiciones y de realizaciones prácticas, que puede ser expuesto en
un tratado, contado en un film, cantado en un poema o representado en un
musical. Se trata de una aventura que ha implicado apasionadamente a los
colaboradores y ha hecho soñar a los jóvenes.
Asumido por sus discípulos, para los cuales la
educación es también una vocación, tal sistema ha sido llevado a una gran
variedad de contextos culturales y traducido en propuestas educativas diversas,
de acuerdo con las situaciones de los jóvenes que eran sus destinatarios.
Cuando reconsideramos las vicisitudes personales de
Don Bosco o la historia de alguna de sus obras, surgen espontáneas algunas
preguntas: ¿Y hoy? ¿Hasta dónde son válidas todavía sus intuiciones? ¿Cuánto
pueden ayudar las soluciones prácticas puestas en acto por él a resolver dificultades
que para nosotros son casi insuperables: el diálogo entre las generaciones, la
posibilidad de comunicar valores, la transmisión de una visión de la realidad,
etc.?
No me detengo en enumerar las diferencias que
median entre el tiempo de Don Bosco y el nuestro. Se encuentran – y no son
pequeñas ciertamente – en todos los campos: en la condición juvenil, en la
familia, en las costumbres, en la manera de concebir la educación, en la vida
social, en la misma práctica religiosa. Si resulta ya difícil comprender una
experiencia del pasado para hacer una fiel reconstrucción histórica, tanto más
arduo es revivirla y ponerla en práctica en un contexto radicalmente diverso.
Y, sin embargo, tenemos la convicción de que lo que
aconteció con Don Bosco fue un momento de gracia, lleno de posibilidades; que
contiene inspiraciones que padres y educadores pueden interpretar en el
presente; que hay sugerencias preñadas de realizaciones, como vástagos que
esperan brotar
Uno de los mensajes que hay que acoger se refiere
ciertamente a la prevención, su urgencia, sus ventajas, su alcance y, por
tanto, las responsabilidades que lleva consigo. Hoy la prevención se va
imponiendo con datos cada vez más claros y alarmantes, pero asumirla como
principio y llevarla a la práctica eficazmente no se puede dar por descontado
en la evolución actual de nuestras sociedades. Por desgracia, ésta no es la
cultura dominante. ¡Al contrario!
Sin embargo, la prevención cuesta menos y más
eficaz que la sola contención de la desviación y que la recuperación tardía. En
efecto, permite a la mayor parte de los jóvenes verse libres del peso de las
experiencias negativas, que ponen en peligro la salud física, la maduración
psicológica, el desarrollo de las potencialidades, la felicidad eterna. Les consiente
también liberar las mejores energías, aprovechar lo mejor posible los
itinerarios más sustanciosos de la educación, recuperar a otros en los primeros
pasos de un eventual hundimiento. Ésta fue la conclusión de Don Bosco, después
de la experiencia con los muchachos de la cárcel y del contacto con la mano de
obra juvenil de Turín.
La prevención, de ser una acción casi policial
orientada a mantener el orden de la sociedad, se convirtió para él en calidad
intrínseca y fundamental de la educación. Era preventiva por la tempestividad,
pero también por los contenidos y por las modalidades. Debía anticiparse al
surgir de situaciones y de costumbres negativas, materiales o espirituales;
debía contemporáneamente multiplicar las iniciativas que orientan los recursos
todavía sanos de la persona hacia proyectos atrayentes y válidos. Él estaba
convencido de que el corazón de los jóvenes, de todo joven, es bueno; que
incluso en los muchachos más desgraciados hay semillas de bien y que es deber
de un educador sabio descubrirlas y desarrollarlas. Hacía falta, pues, crear
una situación general positiva acerca del ambiente de familia, los amigos, las
propuestas, los conocimientos, que estimulase la conciencia del joven, ampliase
el conocimiento del mundo real, diese el sentido de la vida y el gusto del
bien.
Bastaría pensar en la historia de Miguel Magone, el
“general del recreo” en la estación de Carmagnola, al que Don Bosco ofrece
primero su amistad, luego un microclima educativo en el Oratorio de Valdocco,
luego su guía competente (“Querido Magone, yo tendría necesidad de que me
hicieses un favor…, que tú me dejases por un momento ser dueño de tu corazón”),
hasta hacerle encontrar en Dios el sentido de la vida y la fuente de la
verdadera felicidad (“¡Oh, qué feliz soy!”) y hacerle llegar a ser un modelo
para los jóvenes de ayer y de hoy.
Uno de los problemas de nuestras sociedades hoy es
la insuficiencia del servicio educativo. No llega a todos, pierde a muchos por
el camino, no alcanza a los sujetos según su situación. Lo sufren los que
parten ya en desventaja o no logran mantener el paso. Para contener este
fenómeno a través de una acción múltiple de prevención y actuar una educación
adecuada, se requiere responsabilidad común y sinergia por parte de las familias,
de los organismos políticos, de las fuerzas sociales, de las agencias dedicadas
a la educación, de las comunidades eclesiales y de los esfuerzos individuales.
La educación, sobre todo de los muchachos
desfavorecidos, más que problema de ocupación y calificación profesional, es
principalmente cuestión de vocación. Don Bosco fue un carismático y un pionero.
Superó legislaciones y praxis. Creó todo lo que va unido a su nombre, impulsado
por un marcado sentido social, pero a través de una iniciativa autónoma, fruto
de una vocación. Y tal vez hoy la exigencia no es diversa: hacer fructificar
las energías disponibles, favorecer las vocaciones educativas y apoyar
proyectos de servicio.
La eficacia preventiva de la educación reside en su
calidad. La complejidad de la sociedad, la multiplicidad de visiones y de
mensajes que se ofrecen, la separación de los diversos ámbitos en que se
desarrolla la vida, han llevado consigo riesgos también para la educación. Uno
de éstos es la fragmentación de los contenidos que se ofrecen y la modalidad
con que se reciben. Vivimos de píldoras también mentales. El eslogan es el
modelo de los mensajes.
Otro peligro es la selección de propuestas, según
las propias preferencias individuales: se trata del subjetivismo. Lo opcional
ha pasado del mercado a la vida. Son de todos conocidas las polaridades
difíciles de conciliar: aprovechamiento individual y solidaridad, amor y
sexualidad, visión temporal y sentido de Dios, exceso de información y
dificultad de evaluación, derechos y deberes, libertad y conciencia.
Fue criterio de Don Bosco desarrollar cuanto el
joven lleva dentro como impulso o deseo positivo, poniéndolo en contacto
también con un patrimonio cultural hecho de visiones, costumbres y creencias,
ofreciéndole la posibilidad de una experiencia profunda de fe, insertándolo en
una realidad social de la que se sintiese parte activa a través del trabajo, la
corresponsabilidad en el bien común y el compromiso por una convivencia
pacífica. Él expresó esto en fórmulas sencillas, que los jóvenes podían
comprender y asumir: “buenos cristianos y honrados ciudadanos”, “salud,
sabiduría, santidad”, “razón y fe”.
Las ventajas personales adquiridas por medio de la
educación iban orientadas a su valoración social en forma solidaria y crítica;
el vivir con honrada prosperidad en este mundo iba unido con la dimensión
espiritual, trascendente, cristiana; la instrucción y la preparación
profesional iban unidas a una visión cristiana de la realidad, a la formación
de la conciencia, a la apertura hacia las relaciones humanas.
Para no caer en el maximalismo utópico, Don Bosco
partía de donde era posible, según las condiciones del joven y la situación del
educador. En su oratorio se jugaba, se era acogido, se creaban relaciones, se
recibía instrucción religiosa, se alfabetizaba, se aprendía a trabajar, se
daban normas de comportamiento civil, se reflexionaba sobre el derecho del
trabajo artesanal y se trataba de mejorarlo.
Hoy puede haber una instrucción que no tiene en
consideración los problemas de la vida. Es una queja frecuente de los jóvenes.
Puede haber una preparación profesional que no asume la dimensión ética o
cultural. Puede haber una educación humana reducida a lo inmediato, que no
afronta los interrogantes de la existencia.
Dado que la vida y la sociedad se han vuelto
complejas, quien vive sujeto a una sola dimensión, sin mapa y sin brújula, está
destinado a perderse o a someterse. La formación de la mente, de la conciencia
y del corazón es más necesaria que nunca.
Un “punctum dolens” de la educación hoy es la
comunicación: entre las generaciones por la velocidad de los cambios, entre las
personas por la debilidad de las relaciones, entre las instituciones y sus
destinatarios por la diversa percepción de las respectivas finalidades. La comunicación,
se dice, es confusa, disturbada, expuesta a la ambigüedad por el excesivo
rumor, por la multiplicidad de los mensajes, por la falta de sintonía entre
emisor y receptor. De ello se derivan incomprensiones, silencios, escucha
limitada y selectiva, realizada como “zapping”, pactos de no agresión para
mayor tranquilidad. Así es difícil aconsejar actitudes, recomendar
comportamientos, transmitir valores.
Lenguaje del corazón
También el lenguaje del corazón ha cambiado no poco
desde los tiempos de Don Bosco. Sin embargo, de él vienen indicaciones que en
su sencillez son convincentes, si se encuentra la manera de hacerlas
operativas. Una de esas indicaciones es: “amad a los muchachos”. “Se obtendrá
más – leemos en la famosa “Carta sobre los castigos” – con una mirada de
caridad, con una palabra de aliento, que con muchos reproches” (MB XVI, 444;
MBe XVI, 371)
Amarlos quiere decir aceptarlos como son, gastar
tiempo con ellos, manifestar deseo y placer en compartir sus gustos y sus
temas, demostrar confianza en sus capacidades, y también tolerar lo que es
pasajero y ocasional, perdonar silenciosamente lo que es involuntario, fruto de
espontaneidad o inmadurez. Era éste el pensamiento de Don Bosco: “Todos los
jóvenes tienen sus días peligrosos, y ¡los tenéis también vosotros! ¡Ay de
nosotros si no nos esmeramos en ayudarlos para pasarlos aprisa y sin
reproches!”
Hay una palabra, no muy usada hoy, que los
salesianos conservan celosamente porque sintetiza cuanto Don Bosco adquirió y
consiguió sobre la relación educativa: cariño(amorevolezza). Su fuente es la
caridad, como la presenta el Evangelio, por la cual el educador descubre el
proyecto de Dios en la vida de cada joven y le ayuda a tomar conciencia de él y
a realizarlo con el mismo amor liberador y magnánimo con que Dios lo ha
concebido. Cariño es amor sentido y expresado.
El cariño engendra un afecto que se manifiesta a la
medida del muchacho, particularmente del más pobre; es el acercarse con
confianza, el dar primer paso y decir la primera palabra, la estima demostrada
a través de gestos comprensibles, que favorecen la confianza, infunden
seguridad interior, sugieren y sostienen la voluntad de comprometerse y el
esfuerzo de superar las dificultades.
Va madurando así, no sin dificultad, una relación
sobre la que conviene poner la atención cuando se plantea una traducción de las
intuiciones de Don Bosco a nuestro contexto. Es una relación marcada por la
amistad, que crece hasta la paternidad.
La amistad va aumentando con los gestos de
familiaridad y se alimenta de ellos. A su vez, hace nacer la confianza. Y la
confianza es todo en la educación, porque sólo en el momento en que el joven
nos abre las puertas de su corazón y nos confía sus secretos es posible
interactuar. La amistad tiene para nosotros una manifestación muy concreta: la
asistencia.
No es posible comprender la importancia de la
asistencia salesiana por el significado que el diccionario o el lenguaje actual
dan a la palabra. Es un término acuñado dentro de una experiencia y repleto de
significados y aplicaciones originales. La asistencia comporta un deseo de
estar con los muchachos: “Aquí con vosotros me encuentro bien”. Es presencia
física donde los muchachos se entretienen, intercambian experiencias o
proyectan; y, al mismo tiempo, es fuerza moral con capacidad de comprensión,
reanimación y estímulo; es también orientación y consejo según la necesidad de
cada uno.
La asistencia alcanza el nivel de la paternidad
educativa, que es más que la amistad. Es una responsabilidad afectuosa y
autorizada que ofrece guía y enseñanza vital y exige disciplina y compromiso.
La paternidad educativa es amor y autoridad.
Se manifiesta sobre todo en el “saber hablar al
corazón” de forma personal, porque de este modo se llega a lo que ocupa la
mente de los muchachos, se desvela la importancia de los acontecimientos de su
vida, se les hace comprender el valor de los comportamientos y de los
sentimientos, tocando la profundidad de la conciencia.
No hablar mucho, sino de modo directo; no de forma
alborotada, sino clara. Hay en la pedagogía de Don Bosco dos ejemplos de este
modo de hablar: “las buenas noches”, aquella palabra dirigida a todos que al
final del día daba el sentido de lo que se había vivido, y “la palabrita al
oído”, aquella palabra personal que se dejaba caer en momentos informales de
recreo. Son dos momentos cargados de emotividad, que se refieren siempre a acontecimientos
concretos e inmediatos, y que transmiten una sabiduría cotidiana para
afrontarlos; en una palabra, ayudan a vivir y enseñan el arte de vivir.
Amistad, asistencia y paternidad crean el clima de
familia, donde los valores se hacen comprensibles y las exigencias aceptables.
Así se traza el límite entre el autoritarismo, que corre el peligro de no
influir aun obteniendo resultados formales, y la ausencia de propuestas; entre
la injerencia, que no deja espacio a la libertad de expresión, y la inhibición
educativa, que no se compromete a transmitir valores; entre la camaradería y la
responsabilidad del adulto.
Las manifestaciones de la paternidad de Don Bosco
tuvieron lugar en un contexto marcado por el carácter ejemplar de la familia
patriarcal. Sus funciones servían como punto de referencia para todos los tipos
de autoridad: civiles, empresariales, educativas. Entonces todo era “familiar”:
la educación, la empresa, la economía. Era un axioma indiscutible que el
educador debía asumir una “fisonomía paternal”.
También para nosotros la paternidad tiene un
significado todavía insustituible: es un amor que da la vida y se hace
responsable de su desarrollo, ama de corazón, habla oportunamente, espera la
maduración, consiente la autonomía, acoge con alegría el retorno.
Prevención, propuesta, relación se juntan en los
ambientes “juveniles”. Los muchachos tienen necesidad de expresar su validez,
lo que internamente van sintiendo, aceptando y elaborando. Los jóvenes deben
probarse en la responsabilidad, en la realización de los valores que enuncian,
en la solidaridad, en la autogestión.
Para un educador salesiano el “lugar educativo” del
conocimiento del joven no es principalmente el test psicológico, sino el patio,
donde se expresa espontáneamente. El encuentro educativo no es principalmente
el formal, sino el espontáneo. El camino de crecimiento del joven está
ciertamente en el respeto de las normas y en la docilidad al educador, pero
mucho más que eso se encuentra en la capacidad de participar con alegría en las
iniciativas y en la vida que se crean en el grupo, en el equipo, en la
comunidad juvenil, donde los educadores tienen la función nada fácil de
motivar, impulsar y animar, abrir espacios, favorecer la creatividad.
Las obras, que aún hoy se remontan a Don Bosco,
presentan las características que él dio a sus ambientes. Esas obras tratan de
responder a las necesidades de los jóvenes con un programa concreto y
potencialmente integral: enseñanza, alojamiento, educación para el trabajo,
tiempo libre. Agregan también a los adultos, especialmente si pertenecen a los
sectores populares o están interesados en ayudar a los jóvenes. Están
“abiertas” y no son excluyentes. Trabajan en red, en comunicación con las
instituciones, el territorio, el pueblo y las autoridades.
Hoy se siente la urgencia de “espacios” para los
jóvenes: pequeños, medios y grandes. Valga el ejemplo de las discotecas y de
los grupos. Está al acecho el mal de la soledad, que está en el origen de
muchas desviaciones. El análisis educativo ha dado en el blanco cuando, sin
rigidez, ha hecho una distinción entre lugares institucionales, organizados
para finalidades precisas, y lugares vitales, abiertos a la expresión
espontánea, a la búsqueda de sentido, a los proyectos, a la creatividad: lugares
de obligación y lugares de propia elección; lugares impuestos y lugares de
vida. El espacio ideado por Don Bosco es una síntesis de los dos: así en el
fluir de la vida cotidiana se superan las dicotomías en que se debate la
educación


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